martes, 5 de febrero de 2013

Taiyari.


Bajo un manto de estrellas, Taiyari rumiaba su tristeza y desespero. Susurraba sus penas con la esperanza de que alguien la escuchase y le brindará un abrazo o por lo menos una palabra. Sus lágrimas resbalaban por sus mejillas haciendo de ella una escena conmovedora. 3:23 de la madrugada, se dispuso a secarse los ojos con el dorso de su mano y levantó del suelo lentamente pero firme. Atravesó el umbral de su casa y se tiro en el lecho de los sueños, teniendo sólo una idea en mente: no despertar jamás.
Taiyari cerró los ojos e inhaló fuertemente como pensando si fuera su último aliento. No conciliaba el sueño, se levantó nuevamente y miro la ventana; abierta con las cortinas levantándose suavemente por el viento. Tomó su consuelo; hierba eterna. El papel se consumía rápidamente entre sus labios; empezó a reír. Se recostó riéndose aún. Imaginaba su vida sin tanto problema, sin tanta necesidad de llorar y sentirse muerta. Se reía de la máscara que a pedazos se caía de su cara. Tanta ilusión había en su cabeza qué no sintió ese golpeteo que se amontonaba en su ser. Una vibración extraña que manaba de su cuerpo y que a ratos la hacía pensar en una vida mejor.
Aún con la risa en el borde de sus labios descubrió que esa vibración estaba dentro de sí misma, la risa comenzó a hacerse presente en su interior, algo brotaba y a la vez se sumergía dentro de ella. Pensaba en su desahogo con alguien y dejar ese dolor lacerante que había sido el principio de una vida apartada y rechazada. Pensó en esa marginación por ese mismo ardor que vibraba dentro de ella y que tantos problemas le había ocasionado.
Dejo que ese sentir la llevará a límites insospechados mientras delante de sus ojos pasaba una película de su vida, la sensación palpitante de una vida que comienza desde el dolor. Esa agitación desde su ombligo hasta su entrepierna que la hacía sentir muy bien, más sin en cambio había sido objeto de burla y aflicción. Siempre se había sentido triste sin saber porqué. Aún sus dedos resbalaran por sus labios y por su clítoris y le causara emoción y alegría se sentía culpable. Cuando la reprimían, cuando la hicieron sentirse diferente, Taiyari comenzó a renegar de su existencia.
Aún cuándo su lengua chasqueaba para darse más placer, se sentía mal. La risa brotaba por todos lados y ella se sentía cada vez mejor, con una agitación en sus caderas y que provocaban sus pezones estuviesen erectos. Imaginaba que su entrepierna desprendiera el aroma digno de la libertad y el mundo entero se inundará con él.
Miles de cristales de colores explotaban delante de sus ojos que incitaban a Taiyari a pensar cada vez más y más en ese olor y en ese líquido propio de la insumisión. Sus piernas ya se encontraban abiertas a plenitud y sus ojos muy abiertos esperaban el tierno goce de la imaginación. Taiyari ya no se sentía triste, gozaba a plenitud lo que hacía y dejo de pensar en los demás. Hubo de pronto una explosión, delirante, fascinante y fue cuando se supo por fin libre. Reía con sinceridad después de reír fríamente y supo el sabor de la libertad que fue dibujada en las alas de las mariposas y en las olas del mar…



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