jueves, 15 de noviembre de 2012

La Discusión - Josiv Care


Desconocido

Las voces ensordecen mis ligeros deseos de escuchar. Las personas corren de un lado a otro, apresuradas, sin sentido. Vislumbro siluetas cerca de mí. Las gotas de lluvia nublan la débil visión que poseo. Luces alumbran la calle en distintos colores que no distingo. Me siento cansado. Inútil. Deteriorado por la pena. Intento levantar mis brazos. Me es imposible. Es como estar amarrado sin cuerda alguna. Como ser detenido por manos decididas a mantenerme en el lugar en el que me encuentro. Lugar que no logro reconocer. Sólo tengo el recuerdo… ¡Su recuerdo! El bello pensamiento de su imagen. La sensación de su figura y el impulso de necesitarla más que otra cosa en mi vida. Ella es a quien mi corazón esperó desde una infancia de ilusiones, y es ahora a quien espera con la nueva ilusión de ofrecer disculpa por la grave tontería de exaltar el enojo en una discusión equivocada. Esperando a que ella me perdone. Esperando a hacerla sonreír una vez más...

Vida

Pienso en ti y mis ojos nadan en lágrimas provocadas por la felicidad de saberte mía. Enfocado en ti, como niño que anhela un regalo. Así me encuentro. En un anhelo que lleva tu nombre. Me hallo perdido en un viento de fantásticas luces de tu esencia. Por tu ser, por tu forma, por lo bello del sonido de tu voz que es de lo que ahora, únicamente, puedo gozar de ti, mientras mis ojos yacen cerrados, en un sueño en paz, sabiendo que tú cuidas de mí. Me aterra la pesadilla de perderte, pero despierto y ahí estás, profundamente dormida, tan bella e inocente. Tan frágil y, sin embargo, con una fuerza mayor a la mía. Protegiéndome en las caídas. Tomando mi mano para no perderme lejos de ti. Y tú me pides realizar contigo juegos de infancia. Tu enorme atracción por la delicadeza de lo que, al crecer, vamos olvidando, pero tú no. Manteniendo la alegría en la tristeza. Notando el baile desafinado de nuestra locura. Sonriendo con la sencillez de las olas que retocan ligeramente la orilla de la piel, inundando para llenar los vacíos de nuestra necesidad y limpiando los errores de nuestro camino, iniciando de nuevo. Saliendo de la oscuridad de mi mente, al encuentro magnifico de tu nombramiento como amor inagotable en mis horas de perdición humana dentro de tus finas creaciones. Empapado de la necesidad de verte. Deseando el momento como aquél en el que, a base de locuras, te hice sonreír una vez más…

Muerte

Sin decirnos palabras de amor, nos despedimos esa noche. Aunque, en realidad, no hubo despedida mayor que el ignorar nuestros gritos y reclamos. Iniciando por estupideces, en un entorno que pedía risas y no lágrimas, los argumentos inválidos de ambos retumbaron por la habitación. La idea de demostrar razones incoherentes nos empujaba a herir, levantando el tono de nuestras voces distorsionadas por la falta de amor en el momento. Queriendo  ignorar nuestro verdadero sentir, nuestros verdaderos deseos de callar el arranque inesperado de ira. En lugar de ello, lo que exigíamos era el silencio del otro con llantos aturdidos y el eco de lo insensato. Enfurecimos. Nos gritamos, insultamos y lastimamos. Dejamos que el odio inexistente cubriera el recinto del amor que habíamos cultivado dentro de cada corazón inmerso en la batalla. Perdimos la cordura. Y los rasguños no tocaron nuestros cuerpos, sino el borde de las almas en su interior, que lloraban al ser mutiladas con cada palabra y mirada de desprecio, siendo que tú y yo nos amábamos con intensa pasión, con inteligencia, con deseo, con anhelo, sin condición. Pero dijimos cosas sin analizar y sin imaginar las consecuencias. Acontecimiento que nos orillaba a decidir. Y así fue. Me escuché gritar que estabas en un error. Que nada de lo que hicieras me importaba. Tú respondiste de manera similar, diciendo que el peor error que pudiste cometer fue dejarme entrar en tu vida y que me odiabas, odiabas todo de mí… Así fue como decidí ignorarte y alejar mi esencia del lecho que juntos construimos. Cerrar la puerta sin mirar atrás, pensando tener la razón de todo. Sin imaginar. Sin pensar. Sin razonar… La puerta se estrelló y así se estrellaron nuestros sueños. Ambos manteniendo el orgullo, aun sabiendo que no podríamos estar así. No te llamaría hasta escuchar que tú lo hicieras. Y tú procederías igual, en una lucha inservible. Ganando una discusión, pero perdiendo en la soledad. Y caminamos en una nube de confusión. Arrodillando la realidad ante la nueva mentira que creamos: “Ya no te amo”, cuando, en realidad, necesitamos, el uno del otro, para seguir. Necesito de ti para ser feliz. Necesito hacerte sonreír una vez más…

Noticia

A cuatro minutos de llegar a la media noche, la noticia irrumpió el silencio. El accidente sorprendió mis sentidos. Yo corría a verte. Tomé las cartas que te había escrito y que, por orgullo, no entregué a tu persona. Encendí el motor del automóvil e inicié mi rumbo a ofrecerte mi vida a cambio de tu perdón. Eso deseaba: recibir de ti el abrazo de un consuelo. Olvidar lo antes dicho, aquellas tonterías provocadas por el enojo. Recordar lo que nos unió por lo que han sido los días más grandiosos de mi existencia. La lluvia no permitía una clara visión del camino, más yo lo sabía a la perfección. Tardes y noches estuve en tus brazos. Eso anhelaba revivir. Por ello, aceleré el paso. Mi único objetivo era llegar a ti. Sin embargo, en mis pensamientos nunca cruzó el sonido de un conductor que había perdido las riendas de su vida para estrellarla en mis deseos. El impulso me expulsó del interior de mi cuerpo. Las gotas de lluvia y sangre se combinaron tras el roce de cristales y metales en mi piel. Tu imagen se borraba en la distancia. Yacías afuera del lecho de nuestro amor, tal vez esperando, tal vez pensando, no lo sé… y presenciaste el acontecimiento en el terror de la soledad, bajo la lluvia y sin abrigo alguno. ¿Por qué saliste? ¿Sabías que iba para allá? Eso ya no importa…
Mis brazos no pueden moverse. Las luces se apagan. Tu silueta está frente a mi último aliento. Quisiera pedirte perdón, decirte que te amo, pero no puedo pronunciar palabra alguna. Ya no estoy en mí…
Como quisiera volver el tiempo y evitar lo sucedido. No, el accidente fue consecuencia de mi descuido. Pero quisiera regresar el tiempo y cambiar las cosas horribles que nos dijimos y, en lugar de ello, tener la oportunidad aunque ya no pude, de hacerte sonreír una vez más…

Autor: Josiv Care
Contacto:  http://www.facebook.com/Josiv.Care y http://www.facebook.com/Josiv.Care.Ivo

El autor de este cuento es locutor de programa de radio INTACTO transmitido en www.europearadio.es los martes a las 11:00 am (España) 4:00 am (México)

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