miércoles, 6 de noviembre de 2013

El roce de tu cuerpo.


(…) Abrázame, estrújame contra ti– decía él acariciando la cara de su compañera que sonreía dulcemente –hazlo…

Con el sólo roce de su cuerpo se le erizaban los vellos de los brazos y de todo su ser. Ellos estaban abrazados disfrutando de una noche invernal, en la habitación empañados en sudor por su propio calor.
No eran necesarias las palabras pues el amor se esparcía por todo el cuarto, incluso salía por entre las rendijas de las ventanas y la puerta. Navegaba por el mar de los ojos de los dos que se veían como quiénes nunca se han visto en años.
Ambos se comían con la mirada y los besos eran su postre favorito, sus manos eran los utensilios necesarios para devorarse a caricias. En el cuarto reinaba el olor de los amantes locos y desquiciados que nunca saben cómo o cuando van a parar.
Para ellos la cama era un universo entero donde podían ser viejos y tomarse de las manos nada más, vivir locamente el impulso de los jóvenes y amarse con frenesí hasta la madrugada o ver el sol partir del horizonte, pero sin duda la mejor etapa era juguetear como niños, entre risas y cosquillas sin parar.
Para esos amantes no había ayer ni mañana, sólo buscaban su mirada y sentirse confiados de cómo podían amar. Beber de las infinitas aguas del placer e ir contracorriente, pasearse por el jardín más hermoso y probar ambos sus sexos siendo la hora que fuese.
Él era como un gato; juguetón y mimoso, ella era el consecuente a los mimos que él le ofrecía. Sus dedos vagaban por su cabello ofreciendo caricias en su nuca y él se reflejaba en sus ojos color café de ella.
Sus manos se deslizaban pacíficamente por su rostro de él, le hacía cerrar los ojos, mantener la calma, le contaba sus sueños e ilusiones y volvía a empezar con el tema principal; haberlo encontrado después de pasarla mal. Le contaba que era precioso su existir, que sin él no sabría cómo vivir.



Sonreía mientras decía que podría sonarle exagerado el hecho de que no sabría cómo vivir sin él pero era verdad aunque no sabría explicarlo ciertamente.
Bajaba a su boca y le rozaba con la yema de los dedos, sabía que las líneas de sus labios encajaban perfectamente con las huellas dactilares y las líneas de su mano.
Le miraba con sus ojitos cerrados y su cara tranquila mientras se enamoraba más de él.  Él recorría los muslos de ella, como un ciego leyendo braille, su tacto era tierno y a la vez caliente. La acariciaba lentamente como si deseara contar cada uno de sus vellos, memorizaba cada parte de ellos, sentía la tinta impregnada en su piel, y volvía a empezar desde su rodilla.
Luego subía de pronto hasta los hombros, con su palma suave recorría las marcas que tenía, pasaba de nuevo por la tinta, subía a su cuello y ella sintió ganas de tenerlo más cerca de lo que ya estaban. Lo estrujaba fuerte contra ella, amándolo cada vez más, sus senos rozaban con el cuerpo de él que subía de temperatura intensamente.
Ahora el cuarto estaba más que infestado de amor, el olor recorría toda la casa y los amantes lo sabían porque lo disfrutaban.
Él comenzó a tocar el punto que a ella; físicamente, le agradaba más, rodaron abrazados por la cama, sus manos de él se posaron en sus hombros que estaban comenzando a empaparse del sudor. Se miraron a los ojos, él ahora habitaba todo el cuerpo de ella, con sus manos surcando su pecho y trazándolo puesto que todo pertenecía a él.
El sitio más hermoso de ella proyectaba el líquido que a él lo hacía sentir bien, bebió cuanto quiso mientras ella sonreía y ahora sus ojos de ella permanecían cerrados; era lo mejor que había sentido alguna vez.
Su cuerpo fiel a las caricias de él, empezó a erizarse cada vez más, sus vellos, sus pezones, sus poros, sus sentimientos.
Se tocaban al compás de una canción que sólo ellos escuchaban como aquellos locos bailando en el invierno desnudo, donde sus cuerpos no tiritaban de frío y hacían fundir la nieve en agua azucarada.


Él bailaba sobre su cuerpo haciéndola sentir dichosa, como nadie nunca lo había hecho. Era un baile único y especial, inventado para ellos dos que se amaban y emanaban el mejor de los sabores conocidos, alcalino, de hacer el amor.
El roce de su cuerpo era como un torbellino, un huracán encendido. Él era el viento fuerte y ella la enramada. Era un volcán en plena erupción, brotando lo mejor de si sobre su cuerpo que siempre busco eso.

Ahora no sólo había amor, también había lujuria y pasión navegando con ímpetu en el cuarto, haciendo crecer más y más el amor, moviendo cortinas, haciendo temblar la cama y los cuerpos que se unían en uno solo, los gemidos eran la música que harían nacer a los pajaritos que luego huirían del nido haciendo sus propias melodías. 


                                                                                                                                     


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